La entrada de nuestra casa es el primer contacto con nuestro “mundo”, nuestro refugio cuando entramos, y el último antes de salir al “mundo externo”. De ahí la importancia de lo que vemos, sentimos y olemos cuando entramos. Tiene que ser una estancia luminosa, sin obstáculos como muebles o auxiliares que impidan el buen paso hacia el resto de las estancias. Mejor si es alegre, así cuando entramos y salimos nos invade una sensación agradable, optimista.

En cuanto a los espejos: nunca deben quedar frente a la puerta de entrada, porque, al reflejar lo externo, hacen de “barrera: entra la energía y, al reflejarse, vuelve a salir. Por ello, los habitantes de la vivienda pueden tener varias consecuencias en sus vidas: que la vida se convierta en un círculo privado, cerrado, en el que solo existimos nosotros y no hay intercambio energético (o es muy pobre) con el exterior, con lo que cada vez se encierran más en sí-mismos. Otra de las consecuencias puede ser que no “paren” en casa hay algo que les resulta “agobiante”, aplastante, se ahogan dentro de la casa.

Así que mejor colocar el espejo en una de las paredes laterales. Eso sí, ha de ser lo suficientemente alto como para reflejar la cabeza del más alto y un palmo más; no ha de ser un espejo biselado, partido, envejecido, etc., que la imagen que se refleje se vea perfectamente bien. Verse todos los días en un espejo a “trocitos” hace que mi vida esté rota, o fragmentada, sin conexión entre las diferentes partes, o yo no me siento entera, como si me falta algo.

Y también es importante fijarse en lo que refleja el espejo, porque lo va a duplicar.