Uno de los anhelos más frecuentes en el ser humano es “saber/conocer” cuál es su Misión en la vida. Es una pregunta reiterativa que los terapeutas oímosen nuestra consulta. La persona que se encuentra perdida, desilusionada, desanimada necesita fijar un rumbo y ¿cuál mejor que cumplir su “Misión en la vida”?
La mayoría de las veces se tiene una idea preconcebida de lo que debe ser cumplir ese propósito. Muy influenciados por la pequeña y gran pantalla se cree, erróneamente, que cumplir con nuestra Misión es hacer algo heroico, muy sacrificado, muy reconocido, algo que dejará una huella indeleble en la historia de la humanidad, de la que, claro está se puede sacar un buen guión para una película. Así la idea es que: si no hacemos algo “importante” en nuestra vida, no estamos cerca de nuestra Misión. Además en ese “estado de Gracia” uno estará permanentemente centrado, conectado, feliz; será reconocido por la comunidad y todos le adoraran.

Desgraciadamente esto es sólo un auto-engaño mental más para no querer (o no poder) reconocer nuestra propia realidad. Nuestra vida se ha convertido, la mayoría de las veces, en “sobrevivir” al día a día. Con largas y extenuantes jornadas tanto de trabajo como de compromisos, para poder sentirnos parte de una sociedad que, realmente, cada vez nos es más ajena. Todo para poder sentirnos integrados, que formamos parte de algo más grande que nosotros: la sociedad, la asociación, el equipo deportivo, etc., y así no sentirnos solos.

Y eso es parte del problema, nos da miedo sentirnos solos. Por eso llenamos nuestras jornadas de diversas actividades, laborales y de ocio, en las que todo está programado para no encontrarse ni un minuto a solas. Porque no sabemos estar sin radio, sin tele, sin nadie a nuestro alrededor.

Nos asusta lo que podemos “encontrar” si pensamos y reflexionamos sobre nosotros y nuestra vida. Porque si no me gusta lo que soy (o en lo que me he convertido), lo que tengo (para mí o para demostrar lo que valgo a los demás) o lo que hago diariamente me estoy creando un dilema del que sólo hay una salida: ser uno-mismo, aunque no sea lo que los demás “esperen” de nosotros.

Decía el Dr. Edward Bach que todo malestar y desequilibrio y, por lo tanto toda enfermedad, aparece porque nos alejamos de nuestra “Alma”, de nuestra Esencia. Me parece una explicación muy clara y acertada que da mucho que pensar. Vivimos una vida tan “alejada” de nuestros deseos y anhelos que, poco a poco, nos vamos olvidando de quiénes somos en realidad, de lo que nos gusta, de lo que deseamos, incluso nos olvidamos de nuestros sueños.

Y aquí enlazo de nuevo con el título de este artículo: nuestra Misión en la vida es conocernos más y mejor para acercarnos a la Felicidad, a esa Felicidad plena que no depende de las circunstancias, ni de lo externo (cosas o personas).
Atrevernos a ser quienes somos, a vivir como queremos, a permitirnos soñar y luchar por conseguir esos sueños, esa es nuestra Misión en la Vida. Porque así vivimos conscientes, no vegetativos ni ausentes.

Pero para poder hacerlo necesitamos esa valentía y coraje que nos da el aceptarnos y querernos tal y como somos. Sin importarnos el qué dirán y olvidando para siempre el dicho: “mal vale malo conocido que bueno por conocer”, eso es resignación y, con ella, llega la impotencia, la apatía, la desilusión, la depresión y las huidas ciegas como adicciones, consumismo, etc.

No necesitamos la aprobación de los demás sino sentirnos bien con nosotros mismos. Cada día es una nueva oportunidad para decidir cómo quiero vivir mi vida. No importa la actividad que se esté realizando, sí importa en cómo la estamos haciendo.

Porque son las pequeñas cosas del día a día las que marcan nuestra vida, las que le dan un sentido, una dirección. Somos nosotros los que tenemos el poder de dar un giro drástico a nuestra realidad. Y eso empieza siempre por escucharnos, sentirnos, para averiguar qué es lo que realmente queremos, cómo lo queremos y con quién lo queremos.

No son los demás los que tienen que cambiar. Si empezamos por actuar como realmente queremos que sea nuestra vida, siendo más amables, más atentos, más solidarios, implicándonos en todo lo que hacemos, luchando por lo que creemos, esforzándonos en que todos salgan beneficiados incluidos nosotros, notaremos como las cosas van cambiando a nuestro alrededor. Porque como bien dicen en P.N.L. (Programación Neurolingüística): si un punto del sistema cambia, todo el sistema cambia al reajustarse.

Cuando empezamos a ajustar los patrones de nuestra vida a nuestros verdaderos anhelos, deseos y necesidades empezamos el día de forma muy diferente. Nuestro entusiasmo y felicidad se convertirán en el motor que transformará cualquier circunstancia, por dura que sea, en una herramienta de crecimiento y aprendizaje.

Muchas veces tengo que buscar herramientas que me ayuden y por poner dos que a mí me gustan mucho:

  • El Feng-Shui personal que me ayuda a saber quién soy, qué potenciales trigo y qué debilidades me afectan más y me indica en qué momento de mi vida me encuentro para saber cómo es más favorable actuar en estos momentos.
  • Las Flores de Bach que van a ayudarme sacar lo mejor de mí y a ir “borrando” poco a poco esas reacciones/ emociones que ya no me sirven o, como mucho me están perjudicando.
    Pero hay muchas más, lo importante es que de una forma rápida, eficaz y armónicamente me conecten con mis sentimientos y con mi Ser.

Y así, poco a poco nos levantamos con ilusión y nos acostamos con gratitud y la vida adquiere un sentido que trasciende el aquí y ahora. Cada vez nos escuchamos más, nos aceptamos más. Así cada día estamos más “conectados” con nuestro Ser, con nuestra Esencia y, en consecuencia, con los demás y con nuestro entorno.

Aquí es donde ya se produce el auténtico cambio: de repente todo se ha transformado, me acepto y me aceptan, me quiero como soy y aparecen personas que me quieren como soy. Así que me siento en paz conmigo mismo y eso se refleja a mi alrededor porque mis acciones ya no nacen del miedo, de la tristeza, del desamor, sino del amor, la compasión, la bondad, la solidaridad, la valentía.

Así, poco a poco, mi vida se ha ido transformando, me siento más feliz y eso repercute en mi entorno, transmito esa felicidad en todo lo que hago o digo y, muchas veces la “contagio” a los demás.

Y, sin darme cuenta, estoy realizando mi verdadera“Misión en la Vida”: ser feliz y hacer feliz a los demás, da igual el disfraz que use: jardinero/a, enfermero/a, voluntario/a, maestro/a o cirujano, en todos ellos voy a ser auténtico/a con mi verdadera Esencia; voy a ser perfecto/a en mi aquí y ahora, porque siempre haré todo lo que pueda en cada momento; siempre viviré con plenitud, con consciencia.
Todo adquirirá un nuevo sentido. Volveré a oler el perfume de las flores, a oír el canto de los pájaros, a ver las estrellas, a apreciar una sonrisa, un gesto amable, volveré a sentirme Uno con el Universo que me envuelvo y nunca, nunca más me volveré a sentir solo/a.